PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

LA HIGUERA CERCA DE ARJONA, ACTAS DEL AYUNTAMIENTO CORRESPONDIENTES AL AÑO 1835.


PRIMERA PARTE  DE LA HISTORIA DE LA HIGUERA CERCA DE ARJONA, RECOGIDA EN LAS ACTAS DEL AYUNTAMIENTO DEL AÑO 1835. HISTORIA DEL REINO DE ESPAÑA EN ESTE AÑO DE 1835.

Anotado a lápiz aparece en el folio que sirve de portada:
Nº 4                                                1835
Manuscrito a tinta a modo de Portada aparece el texto: 
Higuera cerca de Arjona. Año de 1835
Capitular
del corriente año y sigue asta fin del 36.

Nota: Aparece en la parte superior de los 4 folios el llamado Sello de Oficio, con tres folios escritos y el último de contraportada en blanco. No así, en el folio de Portada ya descrito.
El SELLO DE OFICIO tiene forma rectangular y en el centro aparece el escudo real con el texto en círculo alrededor del escudo que dice: REINA DE ESP. Y DE IND. En el lado izquierdo,  e  ISABEL II P.L.G.D. DIOS en la derecha, y 1835 abajo.
En el lado izquierdo del escudo aparece: SELLO 4º 40. MRS  y en el lado derecho AÑO 1835.

Me parece muy adecuado para comenzar el recoger la Cronología de la Regencia de María Cristina en el año 1835. 
 

18 de enero, pronunciamiento liberal para restablecer la Constitución de 1812 del ayudante del regimiento de Aragón, Cayetano Cardero, en Madrid. Los sublevados llegan a apoderarse de la Puerta del Sol. Muere en un enfrentamiento el capitán general, Canterac. El ministerio Martínez de la Rosa se tambalea.

15 de junio, cae el gabinete Martínez de la Rosa y le sustituye el Conde de Toreno, que lleva a Mendizábal al ministerio de Hacienda.

10 de junio -1 de julio, primer asedio carlista de Bilbao, donde cae herido Zumalacárregui.
 

16 de julio, victoria de Mendigorria sobre los carlistas.

24 de julio, muere Zumalacárregui en Begoña.

25 de julio, bullangas de Barcelona. En muchas ciudades se producen algaradas provocadas en parte por los enfrentamientos de Toreno con la Milicia Urbana y las Juntas provinciales. En Barcelona se producen asaltos de conventos y se incendia la fábrica Bonaplata. Motines en Zaragoza, en Andújar (Jaén), en Madrid, etc.

25 de julio, supresión de todos los conventos que no tuvieran un mínimo de doce profesores, lo que significó el cierre de unos novecientos conventos. Ya el 4 de julio se había suprimido la Compañía de Jesús y se habían incautado sus temporalidades.

14 de septiembre, el Conde de Toreno, incapaz de dominar la situación cede su puesto a Mendizábal, que aparece como el hombre salvador en un momento en que los carlistas amenazan seriamente en el Norte.­

11 de octubre, disolución de todas las órdenes religiosas, excepto las hospitalarias.

24 de octubre, Mendizábal llama a filas a todos los hombres de dieciocho a cuarenta años, no exentos del servicio militar, quinta de los cien mil hombres» en realidad eran 46.983. Suprime la intendencia superior de policía, creada en 1823 con la reacción fernandina, y pasa sus servicios al ministerio de Gobernación.


Digamos que el año 1835 comienza dando lugar a lo que podíamos llamar la tercera crisis de la Regencia de María Cristina provocada por la sublevación de parte de las tropas acantonadas en Madrid en fecha 18 de enero de 1835, cuyo principal dirigente fue Cayetano Cardero. Durante el episodio murió Canterac, el Capitán General de Madrid, y la ausencia de castigo de los responsables evidenció la debilidad del Gobierno.
José Canterac y Donesan  fue un militar español de origen francés. Participó en la Guerra de la Independencia Española y en las guerras de emancipación de los virreinatos de Nueva Granada y Perú. Hijo de un general francés muerto durante la revolución francesa, su familia emigró a España en 1792, cuando José contaba con 5 años. Inició su carrera militar en el arma de artillería pasando luego a la caballería en la cual sirvió durante la guerra contra Napoleón, en 1812, cuando contaba con tan solo 20 años de edad había sido nombrado jefe de estado mayor del ejército del General O'Donnell destacándose notablemente en el campaña contra el Castillo de Abisbal que culminó con la rendición del general francés Schwartz y le valió a O'Donnell el titulo de Conde de la Bisbal. En 1815 fue ascendido al rango de brigadier, siendo nombrado jefe de una división de 2.700 hombres destinada a reforzar el Ejército Real del Perú, que debía dirigirse por la ruta de Panamá.

José Canterac y Donesan, Capitán General de Madrid.

Canterac había ascendido al alto cargo de capitán general de Madrid el 15 de enero de 1835, tan solo tres días antes  de los hechos. Encontrándose desempeñando este cargo estalló la sublevación liberal del teniente Cayetano Cardero del regimiento de Aragón quien puso sobre las armas a las tropas que guarnecían la Casa de Correos (ubicada en la Puerta del Sol) demandando el restablecimiento de la Constitución de 1812. Creyendo que su mera presencia bastaría para sofocar la sublevación, que a pesar de sus simpatías liberales comprometía directamente la dignidad de su cargo, el capitán general Canterac se presentó ante los amotinados acompañado únicamente por su ayudante, recriminando duramente al teniente Cardero a quien desarmó, y sable en mano se dirigió a los soldados a los que conminó a vivar el estatuto real lo que estos desobedecieron. Totalmente fuera de si, Canterac lanzó dos veces el extraño grito de "¡Viva el Rey!" siendo que a la segunda ocasión, una descarga proveniente de un grupo de paisanos armados, dio muerte instantáneamente al capitán general e hirió gravemente a un soldado de los amotinados. El teniente Cardero, quien había permanecido impasible durante este trágico suceso, ordenó que el cadáver del capitán general Canterac fuera trasladado con respeto a la casa de correos, y los soldados y paisanos armados despejados de la zona. Algunos autores han atribuido la culpabilidad de la muerte del general Canterac al teniente Cardero, mientras que otros sostienen que este general cayó victima de su temeridad, deber y pundonor.

Imagen del asesinato de Canterac.

El periódico madrileño “Eco del Comercio”, el lunes 19 de enero de 1835, en su número 264 daba la noticia:


 “España.

MADRID 18 DE ENERO.

La capital ha amanecido hoy en un aspecto hostil, que ha podido tener graves resultados; pero  ha concluido en calma después de algunas desgracias. (…)

Al amanecer salió de su cuartel una buena parte del regimiento 2º de ligeros (voluntarios de Aragón) y dirigiéndose à la guardia del principal logró sorprenderla, y se apoderó de todo el edificio de correos. (…)

Noticioso de este suceso el nuevo capitán general Canterac, se presentó en correos; y se dice que reconviniendo al jefe que mandaba D. N. Cardero y amenazándolo por insubordinado, recibió dicho Sr. Canterac tres o cuatro tiros que le dejaron en el sitio á cosa de las ocho de la mañana.

A las once y media venia por la calle mayor la guardia saliente de palacio con el general Llauder à la cabeza, y percibida esta fuerza por los de correos, se prepararon à resistir. Dos cañones que venían con la guardia empezaron á jugar desde frente de la casa de Oñate, pero tuvieron que replegarse un poco para evitar los fuegos que desde la gradas de S. Felipe hacia una compañía de los voluntarios de Aragón; la que después hubo de retirarse y se metió en correos.  

Toda la guarnición y la Milicia Urbana, que se habían puesto sobre las armas empezaron à aproximarse hacia las avenidas de la casa de Correos, pero solo hizo fuego la infantería de la guardia, y sola à ella los hacían los encerrados. La compañía de granaderos del 4º batallón de urbanos mandada por su capitán Berrueta, se aproximó por la calle de Carretas, mas al oír que desde correos gritaban viva Isabel II, viva la libertad, se abstuvo de hacer fuego á los que daban sus mismos gritos.

En seguida se acercaron algunos parlamentarios, que por las rejas hablaron con el comandante Cardero, y últimamente se presentó el general Solá, anunciando á nombre de S M. el perdón para todos. En su consecuencia á las tres de la tarde han salido los voluntarios de Aragón á tambor batiente y tocando patrióticas por las calles de la Montera y de Fuencarral con dirección á Alcobendas; y las cinco de la tarde ya se habían retirado à sus cuarteles las tropas y la Milicia à sus casas.
Los muertos y heridos de resultas de las descargas han sido tres de los de correos, ocho ó diez de la guardia, un aguador y otro paisano.”


Recorte del periódico “El Eco del Comercio” del lunes 19 de Enero de 1835.

En la caída de este Ministerio se mezclaron varios hechos, aunque el agotamiento del Gobierno, era más que evidente al ser incapaz de dirigir victoriosamente la guerra carlista, y de garantizar el orden público; con lo que la contestación interior y la indignación del pueblo aumentaban día a día.
En el plano internacional sus fracasos fueron notables. Su política de moderación no había logrado convencer a las Potencias del Norte para que reconocieran a Isabel II; y el Tratado de la Cuádruple Alianza no había llegado a lograr una colaboración más estrecha de Francia e Inglaterra. Por otra parte, el arreglo de la deuda exterior había lesionado los intereses de numerosos inversores franceses e ingleses, que presionaron a sus gobiernos respectivos para que obligasen a España a satisfacer sus demandas.
En junio de 1835, Zumalacárregui se planteo la forma de continuar la Guerra Carlista avanzando hacia Madrid, o ir a completar el dominio del territorio con las conquistas de las capitales vascongadas.
Finalmente se optó por el asedio de Bilbao, decisión tomada ante la necesidad de contar con plazas importantes, que le posibilitaran el reconocimiento y la concesión de empréstitos en mejores condiciones que las que tenía ofrecidas hasta el momento. Hay que decir que la toma de Bilbao fue la obsesión del carlismo en todos los conflictos del siglo. Durante las operaciones de asedio y sitio de la capital Bilbao, una bala le hirió en la pierna y murió al cabo de diez días de recibida la herida.

El General Zumalacárregui es trasportado herido.

Lecho mortuorio de Zumalacárregui.

El 6 de junio de 1835, aislado políticamente, Martínez de la Rosa se vio obligado a dimitir. En Junio de 1835 la Reina Gobernadora nombra al Conde de Toreno, Presidente del Gobierno, que ejercerá tan sólo durante tres meses, pues en septiembre de ese año un Pronunciamiento auspiciado por los “progresistas”, herederos de los “exaltados” del Trienio, lo desplaza del poder.














Martínez de la Rosa. El Conde de Toreno y  abajo
Mendizábal





Durante ese trimestre Toreno centra su acción de gobierno en el arreglo de la Hacienda, para lo que continuó con la desamortización de los bienes eclesiásticos e incluso expulsó de nuevo a los Jesuitas. Esta medida ponía de relieve que su gradual conversión al liberalismo conservador era muy matizada. Lo mismo que su decisión de nombrar Ministro de Hacienda a Mendizábal, un conocido “progresista”, que acabó sustituyéndolo al frente del Gobierno en Septiembre de 1835. El motín de La Granja, en agosto de 1836, le obligó a marcharse de nuevo al exilio huyendo de los “progresistas”. El nuevo Gobierno presidido por el Conde de Toreno, que hasta ese momento había sido Ministro de Hacienda, parecía configurarse como un heredero político de Martínez de la Rosa dimitido, a pesar de que Juan Álvarez Mendizábal, nuevo Ministro de Hacienda, era una significada figura del liberalismo del Trienio.
Tampoco este nuevo gabinete recibió la necesaria cooperación internacional, aun cuando algunos acontecimientos a favor le ayudaron a mantenerse, tales como el levantamiento del sitio de Bilbao, y además el héroe carlista Zumalacárregui murió a consecuencia de una herida recibida durante el mismo, tal como hemos dicho anteriormente.
Como la política del nuevo Ministerio no parecía haber variado, las razones que motivaron las protestas populares anteriores permanecieron en el sentir de la población. En el mes de julio se reiniciaron las sublevaciones de Zaragoza, Reus, Barcelona, Cádiz, Málaga, Granada…
Conviene no olvidar que la revuelta popular del 25 de julio de 1835 en Barcelona, se saldó con la quema de los conventos de Barcelona, partió de la Barceloneta, en concreto de la plaza del Torín (que estaba aproximadamente donde hoy se alza el edificio acristalado de Gas Natural). Aquellos hechos, desatados por la furia popular ante seis toros que salieron malos, hay que enmarcarlos en los conflictos que impulsaron la transición del antiguo régimen a la sociedad liberal. 

Altercados en la Plaza de Toros de Barcelona, año 1835.

Fueron hechos tan graves que precipitaron la formación de juntas revolucionarias y un cambio de gobierno en Madrid. Pocos meses después del estallido de l’Hòstia (en marzo de 1836), Juan Álvarez Mendizábal expropió los bienes de la Iglesia mediante una ley de desamortización que resultó crucial para liquidar el feudalismo en España.

 
Revuelta de agosto de 1835 en Barcelona.
 
La Crema en Barcelona, levantamiento liberal del año 1835.

 
Manuel Llauder Capitan Gral. de Cataluña durante las Bullangas de verano  de 1835

 Incendio de la Fábrica de Bonaplata













Muestra del fanatismo laico en Santa María de Ripoll, año 1835.
 

En numerosas ocasiones, la revuelta se inició con la masacre de los prisioneros carlistas, como respuesta a las actuaciones realizadas contra los liberales.

Represión de liberales en la Ciudadela de Barcelona.


Acto seguido se producía una sustitución de las autoridades, la creación de una Junta revolucionaria, y la elaboración de un programa político en el que usualmente se solicitaba el restablecimiento de la Constitución de 1812.

 
En la primavera y verano de 1835 los repetidos cambios en la jefatura del Ejército habían impedido una victoria decisiva del ejército cristino, que luchaba contra las bandas carlistas en el Norte. Martínez de la Rosa creía que era posible ganar la guerra mediante una Constitución que uniera lo que el denominaba” los grandes intereses de la sociedad”, generales expertos y apoyo francés según los acuerdos de la Cuádruple Alianza. Sin embargo, estaba expuesto, no sólo a la oposición de las Cortes, sino a un resurgir del patriotismo jacobino en las ciudades; los radicales creían que la guerra se ganaría mediante una leva en masa y con la eliminación de los traidores por la justicia popular, o sea, por el renacimiento de la tradición de los exaltados. En respuesta a los generales y políticos, que veían en un gobierno ordenado y la ayuda francesa la fórmula de la victoria.
Como no llegaba la ayuda francesa para auxiliar al gobierno en su lucha contra la reacción del Norte de España y “contra la anarquía” en la España liberal, Martínez de la Rosa dimitió el 7 de junio de 1835. Su sucesor Toreno, a pesar de su ataque a la propiedad eclesiástica y a la primera victoria real contra los carlistas en la Batalla de Mendigorría el 16 de julio de 1835, no tuvo más éxito que Martínez de la Rosa en la tarea de desvanecer las sospechas de los radicales y en julio, una oleada de revoluciones provinciales redujo a su gobierno a la impotencia. 


El Conde de Toreno.



Plano de la Batalla de Mendigorría


Acción en Mendigorría y entrada en Mendigorría, 16 de julio de 1835.

Para salvar, lo que pudiera ser salvado del acuerdo de 1834, desplazando el centro de gravedad hacia la izquierda, Toreno había traído a Mendizábal al Ministerio de Hacienda, quien llevaba doce años de exiliado en Londres. Así el 14 de Septiembre de 1835 se hizo primer ministro al mismo Mendizábal con la esperanza de que su reputación revolucionaria pudiera contener la revuelta liberal. Ante la imposibilidad de dominar la situación, Toreno cedió el poder el 14 de septiembre de este mismo año 1835, y Mendizábal, que acababa de llegar de Londres, asumió las tareas de gobierno del reino. Con la dimisión de Toreno finalizaron los intentos  por constituir un justo-medio al estilo del modelo francés y se avanzo en el camino de las transformaciones sociales en España.

 
Mendizábal de joven.
Mendizábal fue por lo tanto el primer hombre de estado llamado a dominar desde Madrid la creciente revolución provincial que le había llevado al poder, su solución consistió en un intento de restaurar la “armonía” absorbiendo las juntas revolucionarias en las diputaciones provinciales legalmente constituidas y distribuyendo cargos a los pretendientes locales. Para los conservadores, este método de encenagar la revolución, era tanto como ceder ante la anarquía por más que se la llamara gobernar.
La primera preocupación del Ministerio fue normalizar la situación, es decir, eliminar en primer lugar las Juntas para evitar que el Gobierno se encontrase hipotecado, por la presión que estas ejercían sobre el mismo, que al mismo tiempo estaba debilitado por la carencia de recursos económicos, lo que implicaba la existencia de administraciones paralelas. Las Juntas fueron disolviéndose sin plantear problemas, salvo las Juntas andaluzas, que habían constituido una Junta Central, y eran semejantes a las que se formaron a partir de 1808 tras la invasión napoleónica. Las Juntas andaluzas tenían preparado un ejército para atacar Madrid en caso necesario. El programa presentado por Mendizábal, aunque no contemplaba el restablecimiento del texto constitucional de 1812, si presentaba una serie de propuestas, que satisfacían las aspiraciones políticas de quienes deseaban el cambio de tener un Gobierno, sometido al control de las Cámaras del Congreso y Senado, y la declaración de derechos de los ciudadanos. El eje central del programa era la concentración de todos los esfuerzos para ganar la guerra, y junto a ello se contemplaba la reforma del Estatuto, el arreglo de las órdenes religiosas y la difícil situación de la Hacienda.
Mendizábal no llegó al poder como dirigente de un partido. Su meta, según el mismo manifestaba, era la “reconciliación de los partidos”, “el mantenimiento de la armonía en el seno de la familia liberal”  por medio de una revisión del Estatuto Real, que eliminaría de éste algunas de las características  que lo hacían detestable para los radicales. En los confusos debates, que acerca del tipo de sufragio habrían de determinar la composición de las Cortes, que se encargarían de revisar el Estatuto, esa pretendida búsqueda de la “armonía” liberal se desvaneció y aparecieron pronto los esbozos de los dos partidos, de forma que cuando en las Cortes de 1836, los liberales conservadores se aliaron con la Corona para derrocar a Mendizábal, éste se vio obligado a desplazarse hacia la izquierda y aliarse con Calatrava y con los exaltados.

 


José María Calatrava Peinado que fue presidente del Consejo de Ministros desde 1836 a 1838.


Esta alianza, basada no ya en la reconciliación liberal, sino en la “vendetta” de partido, fue llevada al poder por la Revolución de 1836 y así se convirtió este hecho en la raíz del partido progresista.
Mendizábal fue algo más que el primer héroe político del partido progresista para generaciones posteriores de españoles, así como fue considerado también el primer estadista moderno. Mendizábal era judío y se había ganado cierto renombre financiando el liberalismo portugués, el origen judío lo explotaron sus adversarios. En las caricaturas se le retrataba con rabo y las palabras” ¡Ah, muchachos, al hebreo! Tira del rabo, Juanillo…”. Era muy corpulento, impresionante con su cadena de oro y zapatillas alardeaba de no ser ni un aristócrata ni un político, sino simplemente un hombre de negocios. A los ojos de los radicales era un dictador revolucionario, el llamado “Júpiter de la Reforma” cuyo sistema había de salvar al país y cuyo nombre sería venerado en las más humildes aldeas españolas (García Tejero, A.: Historia política–administrativa de Mendizábal (1858), 145-148). Los liberales conservadores veían en él una mezcla de Cagliostro y Robespierre. En realidad fue el primero de los españoles que con panaceas extranjeras habían de salvar un país, que había perdido la confianza en su capacidad de salvarse a si mismo. De ahí que su principal cualidad era el misterio que rodeaba al desconocido, al hombre no probado todavía, que había vivido largo tiempo en el extranjero. Cuando en enero de 1836 las Cortes  con un voto de confianza, dieron plenos poderes a Mendizábal para poner en práctica su sistema, pareció que se rendían a un hechicero. Pero desgraciadamente, el primer estadista moderno de España resultó ser un banquero de segunda fila, para el cual la energía que mostraba era un sucedáneo del talento. El famoso “sistema” de Mendizábal, con el que habría de ganar la guerra contra los carlistas, consistía en el valor que daba a lo que él denominaba “el poder asombroso y mágico del crédito”, que entendía le facilitaría el dinero para poner en pie un nuevo ejército de reclutas forzosos. Mientra que los moderados ponían sus esperanzas en un cuerpo expedicionario francés, Mendizábal confiaba en lo que había conocido del mercado de capitales de Londres en los doce años que estuvo allí. Para obtener un empréstito inglés, estaba dispuesto a rescindir la prohibición de importar tejidos ingleses, cubriendo el interés del crédito, mediante unos derechos de importación del 25% sobre los productos textiles admitidos o a hipotecar los aranceles de Cuba, aunque estas medidas le privasen del apoyo de los progresistas catalanes. El mismo George Villiers, embajador inglés, que había aconsejado a la reina Cristina, “en calidad de caballero inglés”, que nombrara a Mendizábal, favorecía estos proyectos.
El embajador británico en Madrid, George Villiers, futuro lord Clarendon entre el año 1833 a 1839, y dado el papel  activo que jugo en aquel momento crucial de nuestra historia contemporánea, dejó unos escritos privados relativos a España, que se conservan en la Bodleian Library de Oxford, en otras colecciones de archivos británicos como los Aston Papers. Private and Semiprivate Correspondance del Public Record Office. Son un importante conjunto documental, que, bajo la signatura F.O. 355/3 incluye diversas cartas de Villiers fechadas en esta época a la que estamos tratando en este artículo, que estaban dirigidas a su amigo Arthur Aston, que desempeñaba el cargo de Secretario de la embajada británica en Paris. Es igualmente interesante la correspondencia de George Villiers con Lord Palmerston conservada entre los Broadlands Papers referentes también al mismo periodo de historia de España.
 



Lord Palmerston (Henry John Temple, 3.er. Vizconde de Palmerston), Jefe del Foreing Office Inglés en este tiempo. 
Abajo propaganda política de su nuevo partido "Whing" tras abandonar los "Tory".
Después documentos dirigidos a él como Jefe del Foreing Office.








Palmerston era el Jefe de la Diplomacia Británica en aquellos años. Hasta 1828 había sido del partido “tory” y por razones no bien conocidas pasó a militar en las filas del partido “whing”, cuyos principios políticos defendería  a ultranza desde ese momento.
El archivo contiene algo más de 1500 hojas en las cajas nº 451 a 453, cubriendo casi todo el periodo de tiempo que desempeñó el cargo de embajador en Madrid: la primera de estas cartas está fechada el 30 de septiembre de 1833 y la última el 30 de junio de 1838. También se guarda la correspondencia dirigida a ministros españoles como: Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa, Conde de Toreno, Mendizábal, Conde de Almodovar, Istúriz, Calatrava, Bardají, Conde de Ofalia y Onís, contenidas en las cajas nº 454 a 456 y ocupa unas 1400 hojas, escritas , como en el caso anterior , por ambas caras.
Las cualidades personales de Villiers, su cargo y funciones como representante del gobierno británico, le permitieron captar la realidad española de aquellos años como un observador privilegiado.

 George Villiers embajador británico en Madrid.

George Willian Frederik Villiers había llevado desde muy joven un brillante bagaje en la carrera diplomática. Su eficacia en cuestiones delicadas como diplomático le valió gran reputación. Por tanto cuando al poco tiempo de encargarse Palmerston del Foreing Office y cuando se planteó modificar la plantilla de sus representantes diplomáticos en el extranjero, pues muchos de ellos eran tories designados por los gabinetes anteriores. El jefe de la Diplomacia Inglesa Palmerston nombró a Villiers embajador en Madrid, el cual llegó a Madrid el día 28 de Septiembre de 1833, justo el día antes de la muerte de Fernando VII, permaneciendo en Madrid como embajador hasta julio de 1839, en que ocupó su puesto en la Cámara de los Lores. Villiers llegó a Madrid en un momento excepcional, desaparecía el rey y tres meses después los liberales ocupaban el poder político y realizaban los primeros intentos hacia la reforma económica y social del país, dando los primeros pasos hacia el liberalismo.
La embajada británica en Madrid jugaba un importante papel en las relaciones exteriores de España con respecto a Portugal y el miguelismo, de modo que el giro de la política española implicó distanciarse de la esfera de influencias de las Potencias legitimistas. en que Cea Bermúdez se había movido hasta ese momento con preferencia. Sin duda también la importancia de la embajada británica en España se debía al sesgo que, desde la muerte del Rey Fernando, había tomado la política interior de España, hecho al que, por lo demás, tampoco había sido ajeno el embajador Villiers. Se daba la circunstancia de que desaparecido Fernando VII, la propia María Cristina entendió como única vía posible para mantener los derechos de su hija Isabel, dado que los carlistas habían recurrido a las armas en defensa de los suyos, contar con el apoyo de los liberales, los cuales, obviamente, exigían, a cambio, participar en el poder político, hasta tanto o les fuera posible apoderarse de él.
Efectivamente, el 14 de enero de 1834 la Reina Regente retiró la confianza a Cea Bermúdez y en su lugar llamó para presidir el primer gobierno liberal a Martínez de la Rosa, y a partir de este momento, las relaciones con los países afines políticamente se intensificaron. Entonces Gran Bretaña y Francia, especialmente desde la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza en el mes de Abril y, poco después, con la firma de los Artículos Adicionales, se constituyeron en tutela moral y material del régimen instaurado en España. Sus representantes diplomáticos en Madrid comenzaron a desempeñar un papel protagonista en la escena española, si bien hubo en ocasiones cierta tensión por hacerse con el monopolio de la influencia; el representante francés fue a veces “la mano negra”  que manipuló a los gobernantes españoles y trató de conducir su política; pero las más de las veces, fue el representante británico Villiers quien salió “le vainqueur”(vencedor) y quien conservó, aun en momentos menos favorables para la diplomacia inglesa, un gran poder de influencia directa o indirecta en la vida política de España. Todo ello dio oportunidades inmejorables a George Villiers para observar acontecimientos, conocer personas, percibir de cerca el pulso del nuevo régimen español. En su correspondencia privada expresa cuanto ve y capta sin ningún tipo de cortapisas. Escribía:” Cuanto más vivo aquí, era fecha de noviembre de 1834, más me convenzo de que Argüelles y la gente de su clase desconocen el estado real del país; la nación no desea instituciones liberales. Son esenciales para su prosperidad y para la corrección de los abusos, pero deben administrarse en pequeñas dosis y bien disimuladas, como las medicinas a los niños pequeños, a medida que crecen.” (Villiers a Palmerston, 8 noviembre 1834)

En cuanto al sentir de las clases medias y altas, los Grandes en bloque, salvo alguna excepción, el mundo de la cultura, del comercio y de la industria, se muestran opuestos a cambios revolucionarios: “Todos son enemigos de la revolución como lo son de don Carlos…Si en España es posible alguna mejora, se llevará a afecto a través de estas clases a que acabo de aludir. Todos ellos son conscientes de esto: cada día se unen más, y todos son conscientes de que nunca se ha presentado una oportunidad mejor para la regeneración del país que ésta. Piensan con toda justicia que las circunstancias de la actual revolución difieren totalmente de las de todas las demás, que la mejora que se está realizando ha comenzado desde arriba, no desde abajo, que le es dada y no que ellos la tomen, y se manifiesta de modo evidente una determinación casi general a aprovecharse de la experiencia y evitar los errores que en anteriores crisis políticas hicieron que el progreso hacía una libertad razonable fuera difícil y peligroso”( Villiers a Wellington, 7  diciembre 1834).


Marc-Roch-Horace de Salviac, Barón de Viel-Castel,
nacido en Paris el 16 de agosto de 1802 y muerto el 1º de octubre de 1864, fue conservador del Louvre.





Por parte de la diplomacia francesa  y tal como informó el barón de Viel-Castel al ministro de Asuntos exteriores francés Edouard Drouyn de Lhuys, el infante don Carlos tuvo a su favor “a la inmensa mayoría del clero, el pueblo del campo e incluso de gran parte de las ciudades del interior”, mientras que los defensores de la reina Isabel se encontraban fundamentalmente entre la grandeza del reino, “indolente y degenerada, pero teniendo todavía un gran dominio” y entre las clases medias, “poco numerosas y poco ricas” pero que comprendían” a casi todos los hombres instruidos e ilustrados, casi todos los funcionarios públicos, el pueblo de las villas comerciales de la costa, y una porción del de Madrid”.
 

Edouard Drouyn de Lhuys, fue embajador francés en Madrid y posterior Ministro de Asuntos Exteriores. 

Para el informante francés, que escribía en los albores mismos de la guerra civil carlista, la regente María Cristina encontró apoyos entre “todos los hombres que, en grados diferentes, desean ver introducidos en el Gobierno un sistema de reformas y de mejoras y junto a ellos se encuentran los verdaderos revolucionarios, menos peligrosos por su número que por su audacia y actividad”.
Una vez que el liberalismo disconforme con el régimen político del Estatuto Real apeló a la acción revolucionaria en el verano del año 1835, se creyó que la presencia de Mendizábal al frente del gobierno, con un programa de moderación, bastaría para conciliar voluntades e infundir esperanzas en la población. Pero en diciembre de ese mismo año las impresiones de Villiers son pesimistas respecto de las posibilidades de regeneración del país por medio de instituciones liberales: “Las cosas no pueden seguir otro curso que el que deben en este país. Yo no desespero, pero tampoco confío. Puede decirse que vivo en un estado de duda. Puede que España resulte ser, al final, un Fénix que renazca de sus cenizas, pero pienso si no será éste el último incendio. Será necesario mejorar antes de que se entiendan los rudimentos de la ciencia del gobierno y antes de que la sociedad comprenda y asimile las bases permanentes que son capaces de garantizarle su mejora y bienestar. Todo lo que ocurre aquí les parece bien a los que viven fuera del país, tal vez también el observador superficial de dentro, pero todo está vacío y podrido…, si se vieran las cosas entre bastidores, podría advertirse que todo es mezquino, vicioso y que la situación es desesperada.
…La gran masa del pueblo es honrada; pero es carlista; odia todo lo que suene a gobierno liberal, instituciones liberales, hombres liberales, porque por experiencia sabe que de una situación liberal se derivan costumbres peores que de un solo déspota. Pero en lo que tú y otros extranjeros se equivocan principalmente es en creer que el pueblo español es victima de la tiranía o de la esclavitud. No hay en Europa un pueblo tan libre: las instituciones municipales en España son republicanas, en ningún país existe una igualdad comparable a la de aquí. El pueblo se gobierna mediante unas pocas costumbres, le importan muy poco las leyes y los reales decretos y hace lo que le apetece. No hay distinción de clases, y todo está abierto a todos. Todo lo que quiere es que se le robe menos por parte del Intendente y que el Alcalde no les fastidie; si esto lo consigue se siente completamente dichoso.
Es un error suponer que el clero regular es perjudicial en todos los casos… Ellos alimentan, dan empleo y protegen al pueblo; son, además, la aristocracia del pobre. Todo hombre, por humilde y desgraciado que sea, puede felicitarse porque, sin ningún tipo de recomendación, tiene la posibilidad de llevar a su hijo a un convento y de que su hijo pueda llegar algún día a ser Papa. Por lo tanto, debería tenerse el máximo cuidado a la hora de suprimir una Orden religiosa; por perjudiciales que puedan ser, tienen gran arraigo en el país. Hasta ahora he hablado sólo de la plebe: todo el resto, la gente del frac, está corrompido, es egoísta, ignorante, brutal y despóticamente tiránico en cuanto tiene poder, serviles e intrigantes hasta que lo consiguen. No hay probidad ni patriotismo entre hombre y hombre, sólo se piensa en el dinero, sin que importe para nada el medio como se obtiene. Sabiendo esto como yo lo sé y como cualquiera que se tome la molestia de investigarlo lo pueden saber también, puedes comprender hasta qué punto me ponen enfermo todos los descarados alardes de valentía y patriotismo, y lo poco que confío en que esté cercano el día en que lleguen a ser la centésima parte de los que pretenden ser…
Sería muy difícil, a no ser que escribiera un libro, darte una idea clara (suponiendo que yo mismo vea claro aquí) del estado de este país, pero puedes estar seguro de que no me he quedado corto cuando te hablé de la inexistencia de deseos ni aptitud para las instituciones liberales. La masa de la nación es carlista y partidaria de un rey absoluto. La generación nueva, a la que podríamos llamar a lo francés la Joven España, está por las mejoras, por una mayor seguridad de la propiedad, por el desarrollo más activo de los recursos del país, pero preferiría que ello lo llevara a cabo un ministro fuerte e ilustrado en vez de un gobierno constitucional, porque sabe que el país no está preparado para ello, y tarde o temprano sacudirá el yugo de los que se apellidan liberales, los cuales bajo esa forma de gobierno se pondrían al frente de los negocios. Esta clase comprende a todos aquellos que figuraron en la última época constitucional, a los cuales todo el resto de españoles tiene aversión que sería casi imposible describirla. Estos hombres, incluyendo unos 2.000 que volvieron de la emigración, han ocasionado todos los movimientos revolucionarios ocurridos últimamente, primero por medio de las sociedades secretas, y más recientemente con la ayuda de la Milicia Nacional, la cual, gracias a la desdichada indecisión con que Martínez y su gobierno actuaban, acabó por convertirse en simples proletarios armados, dispuestos siempre a promover desordenes, dispuestos a obedecer a las Juntas o a la Inquisición con tal de que se les permitiera el pillaje, prestos a dar vivas a la libertad porque esto les hacía posible ejercer la más desenfrenada tiranía. El gobierno de Martínez y después el del Conde de Toreno no cometieron durante año y medio más que errores, sin satisfacer ninguna expectativa razonable de mejora, pero sobre todo, sin tomar ninguna medida eficaz para dominar a los carlistas ni poner fin a la guerra civil. Esto produjo alarma y en consecuencia descontento (o cual nada tiene que ver con el deseo de instituciones liberales); todas las tropas fueron sacadas de las provincias, y los revoltosos se aprovecharon del descontento para constituirse a sí mismos en Juntas en uno o dos lugares. Pronto el ejemplo cundió de forma que gente sin influencia y en absoluto digna de respeto, ayudado por la Milicia Nacional, usurpó el poder supremo e impuso la ley a la parte respetable de la comunidad. Su primer objetivo fue siempre apoderarse de todo lo de valor a que pudo echar mano y detener y apropiarse de todos los ingresos del estado; entre tanto, la Milicia Nacional hacía declaraciones liberales contra todo el que se mostrase contrario al progreso de la libertad, y, una vez que hubieron abandonado sus puestos y cargos, exigía públicamente que se le concedieran las vacantes dejadas por aquellos…
Esto no merece el nombre de revolución ni es la expresión de un deseo nacional de instituciones liberales, ya que todo aquel que tiene bienes o está dotado de la más mínima inteligencia se halla postrado de rodillas ante el gobierno en protección contra los Cafres, como se les llama. Las promesas de Mendizábal de mejorar las cosas y, sobre todo, su decisión de actuar con energía contra los carlistas, han creado un espíritu de resistencia y las Juntas se han visto obligadas a disolverse…
Cuanto más observo y conozco este país, más seguro estoy de que no es apto para instituciones liberales y de que, aun en el caso de que existiera el deseo de ellas, sería necesario no acceder a ese deseo durante algún tiempo o mientras la nación no alcance un grado de educación determinado… Si a esta comunidad, tal cual es, se le concede el juicio por jurados, la libertad de prensa o cualquier otro de los desideranda de los seres racionales, equivaldría a hundirse en lo más profundo del infierno…” (Villiers a su hermano Edward, 13 diciembre 1835).

Cabecera del periódico GACETA DE MADRID
Imagen de la distribución de comida a los pobres de Madrid.

Palmerston estaba en contra respecto al crédito al gobierno español,  porque  temía con razón  que el crédito no se lograría, y que serviría tan sólo para empeorar las relaciones con Francia, que veía en Mendizábal poco más que un agente pagado por los ingleses. El crédito inglés de Mendizábal se desplomó en efecto, cuando el interés de los especuladores por los bonos españoles se evaporó en la crisis de 1835. Los bonos españoles se convirtieron en el “futbol de la Bolsa”. La peor baja se produjo en septiembre de 1836, tras la revolución de La Granja, estando los bonos a 29 chelines. El mismo periódico “Times” dice en su edición del 26 de julio de 1836 “que estos movimientos constituyen la más extraordinaria serie de fluctuaciones que se haya producido jamás". David Ricardo le dijo a Palmerston que los ingleses dispuestos a invertir en España sentían mayor interés por las acciones de los ferrocarriles, que hacia los créditos al gobierno español. Ante la falta del dinero necesario, la famosa leva de 100.000 hombres quedó en un asunto de reclutas forzosos mal equipados y revoltosos.

 





En relación con el Ejército, Mendizábal además de proporcionar cuanto dinero le fue posible, decretó una quinta de 100,000 hombres, que podían acogerse a la redención del servicio militar mediante el pago de una cantidad de dinero. De esta forma se lograron dos asuntos tan necesarios para el país: un notable número de reclutas y recursos económicos tan necesarios para la Hacienda. En este periodo además llegaron a España los componentes de las Legiones francesa, inglesa y portuguesa, que fueron enviadas para paliar la negativa anterior a la petición de España de una intervención directa, por el acuerdo de la Cuádruple Alianza.
Para la consecución de una victoria se necesitaban los recursos para poder financiarla, y con tal objeto se presentó a las Cortes una propuesta, consistente en especulaciones de Bolsa sobre la Deuda, una operación que reportaba al Estado ciertos beneficios. Con los recursos económicos y con las nuevas tropas, Mendizábal pensaba que se podía obtener una mejora en la evolución de la contienda carlista, que posibilitase a la vez la negociación de un empréstito en condiciones de intereses más favorables. Pero la insatisfacción popular, generada por el incumplimiento de las promesas realizadas al tomar el poder, acabaría hundiéndoles. A principios de 1836, en enero, se produjeron incidentes sangrientos en Barcelona. Al mismo tiempo una extraña alianza de moderados y radicales dejaba en minoría parlamentaria al Gabinete en la discusión de la nueva ley electoral, lo que llevó a la disolución de las Cortes. Mientras que, en los primeros meses de 1836, una serie de disposiciones legales sentaron las bases del proceso desamortizador.
Si Mendizábal afianzó su posición entre los fundadores del partido progresista, fue gracias a la segunda parte de “su sistema”, que consistió en la acometida contra la propiedad eclesiástica y la desamortización de la tierra. Este ataque estaba íntimamente relacionado con sus proyectos de lograr créditos, las tierras de la Iglesia, convertidas en bienes nacionales, se emplearían para pagar la deuda nacional y respaldarían los intentos del gobierno de lograr préstamos. En realidad este ataque a los bienes de la Iglesia había tenido  ya en 1820 una ofensiva iniciada por predecesores  más moderados de Mendizábal, por lo que no tenía nada de original. Esta acometida contra las tierras de la Iglesia fue considerada como continuación de una política liberal, aunque en esta ocasión la política de Mendizábal abarcó un ámbito mucho mas vasto. En Marzo de 1836 hizo toda la propiedad monástica  bienes nacionales y, en julio de 1837, propuso  la venta de la propiedad inmueble de la Iglesia secular junto con la abolición de los diezmos. La campaña contra la Iglesia  siguió con un ataque a la jurisdicción eclesiástica. En sus esfuerzos por neutralizar a los que eran “desafectos o enemigos del trono legítimo y de la libertad nacional”, el gobierno rescindió a los sacerdotes facciosos las autorizaciones para predicar y encarceló a todo el Capítulo  de Oviedo, por negarse a aceptar un obispo no reconocido por el Papa Gregorio XVI. Gregorio XVI fue duramente crítico con la esclavitud, que seguía practicándose en muchos países, como en las colonias españolas de Cuba y Puerto Rico y en los Estados Unidos.
En 1841 y con la encíclica “Aflictas in Hispania” Gregorio XVI protestaba de la injerencia del gobierno de Madrid en los nombramientos de la jerarquía eclesiástica y de la reciente supresión de las órdenes religiosas. Las autoridades españolas quedaban advertidas de las penas canónicas que sus decisiones comportaban.




Papa Gregorio XVI crítico con la esclavitud y con la supresión de las órdenes religiosas en España.


Esta preocupación por la lealtad política  de la Iglesia habría de llevar  más tarde al piadoso Espartero al borde del cisma. Unas treinta y dos de las sesenta y dos sedes estaban “vacantes” durante la regencia de Espartero como consecuencia de la suspensión de las relaciones diplomáticas, que hacía imposible la designación regular de obispos por parte de Gregorio XVI.

La campaña contra la propiedad inmueble de la Iglesia fue obra de radicales, llevándose a término a partir de 1840. Estas actitudes contra la Iglesia coadyuvaron y condujeron a la división entre progresistas y moderados. La alianza de los moderados con la Iglesia perseguida se debió a los temores de éstos por la propiedad en general, y en su deseo de distanciarse de los excesos del radicalismo urbano, para poder así afianzar un tipo de liberalismo socialmente respetable.
A los moderados les era imposible convertirse en clericales y poder revocar una vez llegados al poder, lo que en la oposición habían denominado “las expoliaciones de una minoría violenta y dominante” Para desesperación de sus partidarios clericales, su más contundente defensa de la Iglesia la hicieron, por consiguiente, desde los bancos de la oposición; en el poder lo más que pudieron hacer fue suspender las ventas ulteriores de las propiedades del clero secular, buscando la aprobación retrospectiva del papado respecto a las ventas ya efectuadas. Esta política, aunque reconocía los derechos papales al rechazar la doctrina radical sobre la propiedad eclesiástica, al mismo tiempo hacía imposible la reconstitución de una Iglesia terrateniente, por mantener en pie los acuerdos revolucionarios respecto a la misma. Solo se salvó la supremacía papal a expensas de la independencia económica de la Iglesia española, y de las órdenes regulares.
El ataque liberal a la Iglesia se había desencadenado cuando esta declinaba por el número de sus servidores, aunque en aquel tiempo aún había en España más sacerdotes por habitante, que en ningún otro país católico. El clero secular se mostró incapaz  de recuperarse de los desgarramientos de la Guerra de la Independencia; los monasterios se vaciaban; los jesuitas pasaban por grandes dificultades económicas. A pasar de ello, las secularizaciones del liberalismo fueron un golpe terrible, físicamente desastroso; en Madrid desaparecieron cuarenta y cuatro iglesias y monasterios, nueve se vendieron como solares edificables, uno fue convertido en ministerio, en otro se alojó la cámara del Senado, y otros se convirtieron respectivamente en escuela de equitación, cárcel, teatro y cuartel. En el campo los monasterios cayeron en manos de especuladores, o degeneraron hasta convertirse en edificaciones agrícolas.

Me pregunto si el convento de Santa Clara en La Higuera cerca de Arjona, correría el mismo destino o habría desaparecido con anterioridad. Aquel convento para el que a Juan de Reolid se le encargó una imagen de Santa Clara, cuando se le encargo el retablo de la Iglesia desaparecido en le Guerra Civil. Hoy en su lugar sólo queda la casa de Santa Clara, al otro lado de la carretera y enfrente de la antigua salida de la bocamina romana de Santa Clara.

El conflicto que enfrentó a la España liberal con el papado, no se debía a que el liberalismo favoreciera la herejía o un estado moderno, laico, y tolerante. La constitución de 1837 conservaría la posición privilegiada de la Iglesia católica en España frente a los demás credos. Lo que la Iglesia no podía aceptar, ni los liberales abandonar, era la versión liberal de las antiguas pretensiones de la monarquía absoluta en cuanto a su ámbito jurisdiccional, tales como la regulación unilateral por el Estado de las cuestiones eclesiásticas temporales, de tal forma que los sacerdotes debían estar sometidos al poder civil como en los tiempos de la monarquía visigoda. Los contemporáneos consideraban, al igual que los oradores del 1836, que los monjes no estaban en armonía  con la época. Había un ambiente de violencia popular anticlerical que acompañaba a la legislación liberal: los asesinatos de monjes de julio de 1835, la intimidación de sacerdotes por parte de las autoridades locales, los sacrilegios perpetrados en las iglesias por los milicianos, eran buena prueba de ello, unas actividades que veinte  años antes hubieran sido consideradas inconcebibles en aquella sociedad. 

Sería muy difícil evaluar las consecuencias de las ofensivas política y económica sobre la vida interior de la Iglesia. Se ha dado por supuesto con excesiva facilidad que la Iglesia, durante todos esos años, perdió su ascendencia e influencia sobre las clases medias de la sociedad, y tendría que pasar el resto del siglo XIX, en un intento de recuperar su control sobre las conciencias de la élite de la nación, aún a costa de la fe de la clase obrera. Ninguno de estos supuestos es capaz de resistir un análisis detenido. La aristocracia y las clases medias, imitando a los llamados beatos de la corte, eran respetablemente piadosas. Cuando hubieron pasado las malas épocas carlistas, la alianza entre los moderados y la jerarquía de la Iglesia, fue un factor permanente a pesar de las recriminaciones clericales y la considerada deserción de los políticos moderados respecto a la Iglesia. La devoción popular floreció al lado del anticlericalismo popular, tan normalmente como había ocurrido en otros países católicos europeos, incluso en ciudades liberales como Valencia.
 
  
General Baldomero Espartero
General Narváez

 



 

Espartero, el héroe radical de humildes pañales, era creyente hasta la superstición, y su rival, el muy considerado Narváez, era quien tenía fama de revolucionario. 

El ateísmo en los años del 1850 sólo apuntaba tímidamente en los sectores republicanos y obreros de Barcelona, y su ateísmo no era fruto de ninguna inclinación herética, vamos que no era por herejía, sino por la ausencia de toda forma de catolicismo liberal, lo que impulsó a algunos progresistas a un vago deísmo, al considerarse la Iglesia la contraposición al progreso que ellos propugnaban. Esto lo simboliza en muchos casos el destino de la propiedad monástica, los grandes monasterios de las ciudades con sus jardines rodeados de tapias, tenían que ser destruidos antes de que se pudieran realizar obras de la mejora de urbanización; las juntas revolucionarias en muchos casos derribaban las iglesia tanto para dar trabajo en momentos de crisis como para ensanchar las calles, y en algunos casos como Barcelona los antiguos edificios monásticos sirvieron para instalar fábricas.

Liberar la tierra de la amortización y la vinculación a la Iglesia fue un programa del siglo con todas las pretendidas características de modernidad. La originalidad de Mendizábal, consistió en que relacionó una revolución en la propiedad de la tierra con la creación de una economía moderna, “dando a España animación, vida y un futuro” según sus propias palabras.

Así se produjo la mayor transferencia de propiedad desde la época de la Reconquista, una transferencia que se basó en decretos y en leyes, que pusieron en el mercado las tierras eclesiásticas, y lo que cuantitativamente fue lo más importante, en la ley de agosto de 1836 que restableció la legislación de 1820 contra la vinculación civil de la tierra, pues en todo lo que hacía referencia a su legislación eclesiástica, todo había sido promulgado anteriormente en 1820-1823, y los comienzos de la liberación de la tierra fueron iniciados por la ley de los moderados de marzo de 1834, cuando se hizo la venta de ciertos bienes comunales para mejorar. Fue la abolición de la vinculación lo que hizo posible una redistribución dramática de la propiedad de la nobleza.

También se defendió la idea, de que esta legislación se inspiraba en la interesada apetencia de tierras de la clase media, pero ello no es cierto, las leyes fueron obra de un partido radical cuya intención era crear una amplia base para una guerra revolucionaria. Esta conclusión se desprende claramente del debate acerca de los señoríos; pues cuando los conservadores sostuvieron que la antigua legislación de 1820 no era práctica, y esto era cierto en sentido estrictamente legal, un diputado radical objetó que el “pueblo tiene que recibir algo antes de poder crear nuevos intereses”. Lo que deseaban los radicales, con su conocimiento de la Revolución era un campesinado revolucionario, una burguesía rural y de izquierdas, una gran familia numerosa de propietarios campesinos, cuya prosperidad y existencia dependieran sobre todo del triunfo definitivo de las instituciones de ese tiempo. La política agraria de los progresistas no pretendía favorecer una oligarquía rural, ni reforzar el dominio de los grandes propietarios, ni generar un grupo de especuladores de tierras. No era un intento egoísta, sino la dogmática creencia en las virtudes del libre comercio de la tierra, combinada eso sí, con una ignorancia total de sus consecuencias en el futuro, lo que viciaba la legislación liberal en lo referente a la tierra, no llegaron a entender, que los pequeños propietarios no podrían competir con los poderosos en las transacciones de mercado abierto, ya que ganaban siempre los que tenían más fuerza de antemano. Las tierras puestas a la venta a consecuencia de la legislación de Mendizábal fueron adquiridas por especuladores y caciques, tal como ha sido reconocido después.

Queda para una segunda parte La Junta Suprema de Andalucía, reunida en Andújar y la transcripción de las actas correspondientes a ese año de 1835.

Granada 25 de Diciembre de 2014
Pedro Galán Galán.
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